27/F 3:34 y la tierra desperto

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Pasaron diez años, pero todos recordamos exactamente dónde estábamos en aquel momento. Fueron días sin luz ni agua, de solidaridad y tensión, de escuchar todo por radio y tragar saliva al ver imágenes de Alto Río o Dichato.

De pronto, ya no había luz. El reloj marcaba 3 con 34. Todo se movió con violencia, a los remezones, los vidrios rompían en el piso, los cuadros familiares cayeron al suelo. Explosiones afuera, paredes que se agrietaban. No hubo explicación, sólo miedo. ¿Qué está pasando realmente? ¿Será sólo aquí? ¿Cómo estará el resto de mi familia? Incertidumbre, teléfonos sin señal, el Internet caído. “Dicen que se desplomó un edificio, que puede salir el agua y arrasar con todo”. ¿O tal vez ya salió? Nadie quería volver a sus casas, los viejos contaban que esto ya lo habían vivido, que la réplica sería aún peor.

Sí, era gravísimo. Más de lo que creíamos, más fuerte de lo que pudo medir Mercalli: un 8,8 nos movió algo más que el piso. Las familias acamparon fuera de sus casas, comiendo la carne que el refrigerador ya no podía salvar, haciendo su propio pan con harina y agua. No había electricidad, aprendimos a la fuerza qué diablos es un “camión aljibe”. No funcionaron los cajeros automáticos, había que correr por lo último que quedaba en el almacén. Las filas interminables, tanto que algunos perdieron la paciencia, la cabeza y, otros, simplemente, se aprovecharon: así comenzaron los saqueos.

En Talcahuano, el alcalde Gastón Saavedra informaba que “hay 6.326 casas que no se pueden recuperar. El centro está destrozado, hay barcos y contenedores en plena calle. Calculamos 106 damnificados y 60 muertos”.

El lunes 1 se había declarado Estado de Sitio y el primer Toque de Queda, desde las 20 horas hasta el mediodía siguiente. Desde el día siguiente, el toque partió a las 18:00, la medida se evaluaba día a día, algunos tenían salvoconducto. Por las noches, todo era tenso y la gente comenzó a armarse, hacer turnos, porque no confiaban en nadie. No podían dormir. Se hablaba de “turbas” que iban en masa de tal a cual sector. Fueron más mito que un peligro concreto, pero los vecinos aprovecharon de conocerse mejor, de apoyarse, de preguntarse el nombre por primera vez. Una cordialidad de emergencia, aunque entonces parecía ser para siempre.

En Talcahuano, más de un metro de barro entró hasta las casas de Las Salinas, Santa Clara. Las inmisericordes olas superaron los 5 metros. La gente debió ser albergada en colegios, sedes deportivas.

Tras la tragedia vinieron las interrogantes: ¿pudo haberse evitado este desastre? ¿pudo prevenirse y haber tenido un impacto menor? Y con esas preguntas, también la búsqueda de culpas y culpables. El maremoto generó las mayores dudas y acusaciones. El ministro de Defensa, Francisco Vidal, fue el primero en asegurar que “fue un error del Shoa no dar a tiempo la alarma de tsunami”. La Armada, en tanto, sostuvo que la alarma se entregó media hora antes que saliera el mar. “La responsabilidad aquí es de la Onemi”, afirmaba el contralmirante Roberto Machiavello.

Legalmente, fueron 6 los imputados por la muerte de 104 personas durante la noche de ese 27. Uno de ellos, la expresidenta Michelle Bachelet, investigación que se cerró y dejó de ser investigada el 2016. La cifra de fallecidos alcanzó finalmente los 525 identificados (156 por el tsunami) y los damnificados cerca de 2 millones de personas. Brutal, considerando que fueron 4 minutos, aunque parecieron eternos. Tras eso, réplicas constantes de casi 7 grados y la gente acostumbrándose de a poco. Después de un mes, había sectores que seguían sin luz ni agua.

Algunos cuentan anécdotas, otros siguen extrañando a los suyos. Algunos maldicen a la tierra, otras la perdonaron, aunque siguen tristes. Eso no se borra. El vecino de al lado volvió a ser una persona sin nombre, la vida es como el suelo y se quiebra sin dar aviso.

fuente.Diarioconcepcion

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